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Periodismo @ la Frontera Mexico-EUA

‘Ni gringo ni mexicano’: los olvidados de George Bush


Al igual que Eduardo, cientos de jovenes estudiantes afectados por la renuencia del gobierno federal estadounidense de procurar una reforma migratoria incluyente se encuentran en el limbo migratorio al carecer de “los papeles” para progresar en el pais del ‘Sueño Americano’. Alberto Ponce de Leon escribe para mx.pasodelnorte.us en la primera de esta serie de casos de la vida en la frontera.

‘Ni barras, ni estrellas ni tricolor, sino todo lo demas’
Alberto Ponce de Leon

“Eduardo” no conoce su país natal, pero es un indocumentado mexicano en Estados Unidos desde el invierno de 1988, cuando su madre lo “cruzara” recién nacido, de Ciudad Juárez a El Paso, en un vehículo conducido por un ciudadano estadounidense.
Hoy, “Eduardo” se encuentra “atado de manos”, como él mismo dice. “Siempre” ha vivido en este país; su primer idioma es el inglés. Acaba de graduarse de la High School y ahora, que está en edad se trabajar y valerse por sí mismo, comienza sentir la desesperación de su estatus legal.
No puede obtener una licencia de conducir. No puede conseguir un empleo de manera legal. No tiene el número que vale en este país, el del seguro social, expedido por el gobierno de Estados Unidos. Acorde al modelo estadounidense, él mismo lo acepta, es prácticamente como si no existiera.

“A veces sí me desespero y pienso que todo ha sido una pérdida de tiempo”, cuenta “Eduardo”, con los ojos llenos de agua. “No me imagino una vida en México”.

La mayoría de sus amigos y compañeros de generación hacen una vida de adulto al estilo del estadounidense promedio: unos trabajan, otros buscan trabajo, otros ya saben dónde van a estudiar su universidad, otros, más ambiciosos, ya engancharon un automóvil.

“Y todo eso me agüita. Que mis amigos me pregunten que por qué no voy a seguir en la escuela, o que dónde trabajo, que si soy flojo”, agrega.

Empleo formal, un imposible para “Eduardo”

Un amigo, el que sí conoce esta condición legal que guarda en secreto con cierta desconfianza, le permitió trabajar en un establecimiento de comida, como gerente. Todo parecía resultar justo: el trabajo, el salario, la experiencia, los compañeros. El único problema era el mayor de todos. “Eduardo” tenía que utilizar la identidad de un tío para poder recibir un salario en su cheque de nómina.
Sin embargo, ahora “Eduardo” sigue desempleado, y los trabajos que puede obtener son informales, con salarios de adolescente.
La historia de “Eduardo” podría iniciar y terminar en México, aunque hasta ahora, sólo conozca el vecino país “por lo que dicen en la tele”.
Su madre biológica cruzó al recién nacido en brazos y después “se puso a lavar y planchar ropa ajena” para sobrevivir en la tierra del dólar. Antes de que “Eduardo” cumpliera el año de edad, ella conoció a Lorenzo González, un chofer de tráilers, que venía de un fracaso matrimonial con tres hijos.

Afecto, mas fuerte que lazos de sangre

Lorenzo, ciudadano estadounidense, se hizo entonces cargo de “Eduardo”; sin imaginar que 19 años después, se convertiría en lo que “más quiere en la vida”.

“M’hijo es muy buen chavalo. No roba, no hace nada malo. ¿Por qué me lo quieren echar pa’ atrás?”, dice Lorenzo con un nudo de llanto contenido, a pesar de ser el más optimista en el tema.

“De mis hijos, él es el más me atiende y me trata bien, “sin ser mi sangre”, agrega.
Hace unos días, cuenta Lorenzo González, vio llorando a “Eduardo” en su recámara. Y Lorenzo comprende que llora por la desesperación; por la frustración de una condición legal que nunca escogió llevar con él en Estados Unidos.

“Y él ya sabe que si me lo van a echar a Juárez, no se va solo, porque yo me voy con él. Con el dinerito que me dan de mi pensión, allá en México nos alcanza”, afirma Lorenzo de 55 años de edad ahora. “Porque a mí me da miedo que se me vaya solo. No conoce a nadie, ni tiene idea de cómo es allá”.

Pero Lorenzo ya no puede trabajar. Padece de problemas pulmonares, diabetes, alta presión y complicaciones cardiacas por tener un corazón agrandado.

“Yo quisiera poderle ayudar a mi papá. Para pagarle todo lo que él ha hecho por mí”, menciona “Eduardo”.

Amnistia migratoria, una ilusion rota
Lorenzo cuenta que ya se le acabó el dinero para seguirle pagando a los abogados que en nada le han ayudado. A mediados del 2005, intentó “arreglarle” a su hijo, pero lo único que logró, asegura, fue que la migración “lo metiera en la computadora y lo dejara fichado de por vida en este país.

“Estábamos esperando una amnistía, pero vimos que eso ya se vino para abajo. Y ya nos dijeron que todos los casos metidos después del 2005, se tienen que retachar pa’ México. Y que si le queremos arreglar a mi hijo por México, son 10 años de castigo para que pueda regresar”, dice.

La madre biológica de “Eduardo”, quien tramitó con el tiempo su residencia permanente, con la ayuda de su marido de Estados Unidos, dice que ella no se va con ellos a México. Aún tiene otra hija menor y un bebé en camino que será su nieto.
“Ella no se iría con nosotros, pero yo le digo a mi hijo que como quiera la hacemos en México. Que allá también tiene oportunidades”, dice Lorenzo y luego le pide a “Eduardo” un vaso con agua para mitigar sus padecimientos corporales y sobrepeso.
Añade que una abogada le prometió arreglar la situación legal de su hijo, pero a cambio de “10 a 15 mil dólares. Todos sabemos que con dinero baila el perro. Y a mí ya se me acabó el dinero. Ya qué puedo hacer”.

Becas universitarias, ni por un lado ni por el otro
Recientemente y como resultado de un ensayo que escribió, a manera de examen, “Eduardo” recibió una carta de la Universidad de Texas en El Paso donde le ofrecían una beca para estudiar.
Pero “Eduardo” sabe que, bajo su estatus legal, no tiene manera de estudiar en UTEP, ni siquiera como mexicano, “porque no podría regresar en 10 años, sin me voy a México”.
“Eduardo” tiene 19 años en El Paso sin conocer el lado mexicano de esta frontera. Donde nació. Ahora piensa que sus amigos comienzan a sospechar sobre su condición de indocumentado.

“Les tengo que decir que mis papás no me dejan ir a Juárez porque es peligroso. Y a veces sí me entran ganas de conocer. De saber cómo es allá”, dice.

Cuando habla de México, su cabeza se llena de los estereotipos de la pobreza y más se angustia.
“Y por eso a veces ni siquiera me dan ganas de salir a fiestas con mis amigos, porque me da desesperación saber que así no puedo hacer nada en este país”.

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